martes, 20 de mayo de 2025

El último de nosotros

Hace unos días hablaba con mi compañero, Matt, sobre la serie The Last of Us, la que tiene muchos hablando de eso en todo el mundo. Nuestras charlas se dan desde el lugar de dos personas que jugaron el videojuego en el que se basó la serie. Yo, como jugadora amateur que en 2016 pedía ayuda en las escenas de noche porque me daban miedo los enfrentamientos con los clickers; y Matt como jugador experto, que conoció esa historia desde que salió para PS3 en 2003.

En lo personal, la historia del primer juego me hizo pedazos. Y el segundo me rompió el corazón. Había dicho que no iba a ver la serie estando puerpera con las hormonas a flor de piel, pero cómo me voy a perder de disfrutar semejante pieza audiovisual bien hecha. Más en estos días en donde todo es breve, vertical y acefalo de sentido.

Ya superamos el debate ético de si Joel hizo lo correcto salvando a Ellie, y con esta frase ya doy cuenta de la postura que adoptamos: "Joel la salvó", defendemos en lugar de decir "El errante masacró a las Luciérnagas en ese hospital". Somos team Joel, y ahora con Pedro Pascal, aun más. 

También creía que habíamos superado el debate de la segunda historia, entendiendo que El Chapulin Colorado tenía razón cuando decía que "la venganza nunca es buena, mata el alma y envenena". Lo aceptamos aún mordiéndonos los labios y apretando los puños de bronca, aguantando las ganas de matar a Abbi. Porque haber jugado con ella nos hizo entender que no existen malos y buenos en el mundo, sino que nos los creamos según nuestra perspectiva. La segunda tanda nos mostró en primera persona la empatía. 

Esa noche no podía dormir y pensaba puntualmente en lo terrible que debe ser estar atorado para siempre en un cuerpo dominado por un hongo, y no morir ni envejecer. Y me atreví a imaginar que eso sería posible, que mutara el cordycep y afectara a los humanos. Que otra vez, como en la pandemia de coronavirus, se vaya todo al carajo, pero esta vez en serio. ¿Qué haríamos? ¿Cómo seguiríamos? 

Aquí hago un párate porque no recuerdo bien cómo llegamos al punto en que Matias me dijo que el nombre de la serie, The Last Of Us, no se refería ni a Joel ni a Ellie, sino al último de los seres humanos, y no pude pegar un ojo. ¿De qué me estas hablando?

¿Es el único que piensa eso? ¿Toda la comunidad fiel al juego lo piensa tambien? ¿Soy la única que no lo vio venir? Y sigue argumentando su postura, defendiendo a muerte a la maravilla narrativa de la creación de Neil Druckmann, en donde no dejó ni un cabo sin atar. Según él, la historia muestra cómo la raza humana se encamina a su extinción, y la primera escena de la serie lo prueba, con la palabra del médico en la televisión, sosteniendo que cuando el hongo gana "we lose" (perdemos), y el estúpido del presentador deja de reirse y el talkshow se convierte en una serie de terror.

Entonces, es el fin, no hay esperanza alguna. No importa que Dina tenga un hijo, ni que Jackson siga creciendo. No existe cura ni vacuna para la infección, y no se puede vivir sobreviviendo. Cabe entonces la posibilidad de una tercera entrega del juego, desde esta forma de ver la historia? Y, creería que no. Desde esta perspectiva tan pesimista, y sin Joel, ya no quiero ver cómo nos terminaríamos de extinguir. Y ahi salta a la luz la verdadera maravilla de esta historia: que aún así, sabiendo que todo se fue a la mierda, que no hay vuelta atrás en nada, y que no existen los malos y los buenos, aún así es tan realista el papel de Joel que nos interpela a todos haciendo hasta posible lo imposible, matando a vivos e infectados como si nada, por salvar a esa persona que amamos, que aun cuando la raza se esta exitinguiendo y la vida no vuelva a ser la de antes nunca (y qué bueno), esa persona es nuestro mundo, y nos aferramos a eso para sobrevivir el tiempo que se pueda, somos cuidadores de aquello que amamos, aun cuando todo está perdido. 

"¿Cómo te crees que les pasó a los dinosaurios? No se murieron de un día para el otro", dijo al final, y la imagen de un Dino Joel tratando de salvar a su Dino Ellie del meteorito me hizo llorar en silencio. Pero no importó, porque estaba oscuro y no se veía nada, y porque estoy puerpera, puedo llorar por lo que quiera y nadie puede decirme nada. 

viernes, 15 de marzo de 2024

El día que las Torres se desplomaron

El día en que las Torres se desplomaron, fue como si el tiempo se estirara más allá de lo normal, tuvo cien horas la jornada.

Ese día marcado por el dolor, mi familia, que siempre fue como un roble para mí, tuvo su segundo sacudón, una grieta que nos llegó hondo a cada uno de manera diferente.
Fue cuando mi tía Nieves partió, la hermana de mi mamá y una de las cinco hijas que trajo al mundo mi abuela María. Era la tercera, y siempre la confundían con mi mamá por lo idénticas que eran.

Cada uno de nosotros tendría una historia diferente para contar sobre mi tía, porque todos conocimos una faceta distinta de ella. Pero si buscáramos algo que nos uniera en ese recuerdo, sería su belleza. Era coqueta y bonita, pero también tenía un corazón enorme. No lo digo porque se haya ido, siempre fue así, dispuesta a ayudar desde su lugar y siempre pendiente de todos nosotros, su familia. Desde el más viejo hasta el recién nacido, siempre estaba ahí. Fue bonito ver cómo su comunidad de fe la reconoció por eso y valoró todo lo que hizo.

También, el orgullo, no de la manera mala, sino ese orgullo que te llena los ojos cuando hablas de las personas que quieres. Mi tía hablaba de sus hijas y se le iluminaba la cara. Y ni hablar de cómo se le llenaba el corazón al hablar de sus nietas y nietos. Amaba ser abuela, eso se notaba a leguas.

Podría seguir hablando de mi tía, pero duele demasiado hablar en pasado de alguien tan cercano.

La vida es así, naces y mueres, es el ciclo natural. Pero viví la muerte desde otra perspectiva desde el 2021 cuando perdimos a Lucas, nuestro primo, hijo de Elena, otra de las hermanas Torres. Esas mujeres, tan fuertes, han pasado por tanto y siempre salen adelante juntas.

Hoy volví a enfrentarme a la muerte de una forma diferente, y mis esquemas se desmoronaron.

Anoche, en medio de la tristeza, grité en la oscuridad que quería detener el tiempo, porque me di cuenta de que este momento es lo mejor de mi vida. Tener a mi familia cerca es lo más importante. Como dice mi psiquiatra, "nada te prepara para una pérdida", y tiene razón.

Los recuerdos hermosos de mi infancia comenzaron a desvanecerse en blanco y negro, envueltos en nostalgia. Ahí entendí que la muerte, inevitable en este mundo, va borrando el pasado poco a poco, hasta que el olvido gana. No quiero, ni puedo, olvidar.

Hoy tuve que ser fuerte para sostener a mi madre, a mis tías y primas. Vi cómo nos sosteníamos mutuamente, como nos enseñaron siempre, abrazándonos y levantándonos unos a otros, aunque también nos derrumbáramos.

Mis primas estaban destrozadas por la pérdida, pero aún así, encontraban fuerzas para apoyar a sus hijos, a nuestras tías y primos.

Una de mis primas dijo: "Cuando murió Mamila, yo estaba jugando con Lucas y Andre en el velorio, y ahora debo ser fuerte y acompañar a los demás". Así es, estamos en otro rol ahora. Somos los adultos responsables, así funciona la vida.
Nos toca ser el apoyo para las nuevas generaciones, pero también para esos adultos que hoy son nuestros viejos, todos pasando por el mismo dolor. 

Fue lindo ver a la familia unida otra vez. Fue doloroso el motivo que nos convocó.
Y no, nunca vamos a estar preparados para esto.

Te voy a recordar siempre, Nieves querida. Gracias por haber confiado en mí.


miércoles, 27 de septiembre de 2023

"Ya no tenés 20"... La crisis de los 30

 Creo que estoy entrando en la crisis de los 30. De la que a veces escuchaba al pasar y nunca le di importancia porque, uff, me faltaba un montón. 

Me pintó el viejazo, ¿será? Pienso más en cosas que antes no. La muerte comienza a ser una inquietud recurrente, no solo la propia, a la que creo no tenerle miedo, sino a la inevitable verdad de que en algún momento toda la gente que quiero va a empezar a morir. De hecho, ya empezaron, y bueh, la angustia me empieza a invadir así que busco cambiar rápido de tema.

Y bueno, es que ahí me queda en claro que ya no tengo 15, ni 20, ni 25. Empecé a descubrir dolores que no conocía. Primero, porque no me movía lo suficiente; después, porque me movía demasiado, y ahora directamente duele porque sí. Las rodillas, la espalda y la nuca, y el bolsito pastillero hace tiempo que se acomodó en mí mochila y se aseguró su lugarcito de por vida. Es como el kit de bienvenida a los 30: dudas existenciales, dolores y pastillas.

Pasando por las redes sociales la sensación de vejez se acentúa porque siento que solo hay dos direcciones: hacerme la pendeja y ponerme a bailar en tiktok o sacarme fotitos con filtros cada vez más exagerados al punto de plantear unsolo tipo de rostro como el ideal de lo lindo (o ridículo) o alejarme por completo de la persona que solía mostrar en mí perfil y ser 100% madre y que mi feed se vista de fotos de mi hija, convirtiéndose en una línea cronológica de cómo crece "tan rápido", tan inteligente y tan hermosa, mientras a la vez yo envejezco cada vez más, con la misma rapidez, en la misma línea temporal. El tiempo es tan cruel.

En lo vincular, pasa lo de siempre. La lista de amigos es cada vez más chica, pero tampoco crece la de conocidos porque la memoria empieza a fallar y ya no se si a esas personas las conozco de verdad o solo  vi sus caras en las redes, o en los medios, o en algún video viral. A medida que pasa el tiempo, empiezo a dudar cada vez más de mí nivel de racionalidad. Creo que me estoy volviendo loca, o vieja, o vieja loca, y así la premonición de algunos se va volviendo realidad...

Igual, disfruto mucho de esa parte en la que puedo elegir libremente con quién juntarme y con quién no y poder decirlo sin pelos en la lengua, sin miedo a ofender a nadie, porque de una vez entendí que no puedo hacerme cargo de subjetividades ajenas y eso también es responsabilidad afectiva. Decidí que mí familia esté primero, junto con mí salud mental.

Sí, definitivamente creo que estoy atravesando la crisis de los 30 porque no me siento tan chica como hacer algunas cosas, pero tampoco tan vieja como para no poder cambiar otras. Estoy en un punto bisagra en el que aún puedo arreglar algo y no cagarla del todo. El tema sería, cuando ya no pueda cambiar algo, ¿me daré cuenta? 

En fin. Cómo toda crisis, entiendo que es oportunidad de cambiar algo, y siento mucha seguridad (HOY) al decir que estoy cambiando mí forma de ver las cosas, y por ende, de vivir la vida. Ahí está, la prueba infalible de que pintó el viejazo: estar hablando sobre "vivir la vida" en lugar de vivir solo porque el aire es gratis (por ahora). Y bueno, ahi me doy cuenta de que el primer gran cambio es entender que no voy a estar aquí para siempre. Yo también voy a morir en algún momento, así que mientras tenga pulmones para respirar, piernas y brazos para correr y abrazar, ojos para disfrutar de ver los colores y estómago para degustar ricos sabores y cervezas, pretendo hacerlo y disfrutarlo hasta el último momento, PORRR SUPUESTO que rodeada de las personas que elijo, quiero, y me hacen feliz.

Porque a fin de cuentas... "Happines is only real when shared"

jueves, 31 de agosto de 2023

La pendeja sin empatía que criticaba a las mujeres embarazadas

 Solía criticar con asco a las mujeres que daban de mamar a sus bebés en cualquier lado; a las embarazadas que “se aprovechaban de su condición” para pedir el asiento en el colectivo lleno o adelantarse en una fi
la. Ni hablar de cuando veía que se cambiaba un pañal en la vía pública o que les limpiaban la nariz con la mano (sin pañuelo). 

Todo me daba asco. 

Le decía a mi hermana que nunca tendría un bebé porque no soportaba escuchar el llanto, ni la desesperación de no saber cómo calmarlo. Que nunca podría poner el cuerpo para que la panza me creciera tanto que se me hicieran estrías horribles, “como un mapa” que arruinaban la panza chata. ¿Parir? Están locas. Someterse a tanto dolor...

Entonces pasó el tiempo, cambié la forma de ver las cosas y tuve el deseo: tuve una hija, formé una familia, y aún así no reniego de eso que fui. Abrazo a esa adolescente que sólo veía con los ojos que podía, de una adolescente sin empatía. 

Si hay algo que me sorprendió de todo lo que aprendí durante mi embarazo fue a entender a esa mujer embarazada que sube cansada al colectivo y necesita tomar asiento. No saben el trabajo que es producir órganos, literalmente nuestro cuerpo funciona por dos. 

Aprendí que las filas de prioridad no eran para sacar ventaja sino porque realmente cuando tienes tres kilos creciendo adelante, presionando tu vejiga, es muy difícil mantenerse de pie por mucho tiempo sin mearte encima. 

Y con todo eso que fui aprendiendo en estos dos años, también caí en pensar que “nadie puede entender a una madre sin ser madre”, dejando por fuera a la experiencia de la EMPATÍA. No, nadie sabe lo que significa poner el cuerpo como madre, pero SÍ se puede aprender todos los días a ponerse en el lugar del otro, entender y ser menos criticón, boca suelta, y poco solidario, sin necesidad de tener hijos. 

Hoy, en el día de la embarazada, deseo que cada día haya más personas empáticas y respetuosas con las mujeres que están gestando, las mujeres que crían bebés y niños, y las personas en general! Entiendo que la rutina nos tenga a todos reventados, pero no por eso debemos ser tan soretes entre nosotros, y más cuando hay una situación que no se puede controlar.

Y, creeme, gritarle a un niño que llora en un berrinche de ninguna manera va a hacer que deje de llorar; MENOS, INSULTAR A LA MADRE O A QUIEN LO ESTÉ ACOMPAÑANDO.

Abrazo a todas las embarazadas y familias que esperan la llegada de un nuevo integrante y otro más grande a quienes aún están en la búsqueda.

jueves, 8 de junio de 2023

El viaje en el tiempo de Lourdes, por ChatGPT


 En un pequeño pueblo rodeado de exuberante naturaleza, vivía Lourdes, una mujer soñadora y curiosa. Un día soleado, Lourdes decidió salir a correr por los pintorescos senderos que se adentraban en el bosque. Sin embargo, lo que comenzó como una simple carrera se transformó en una experiencia surrealista.

Mientras Lourdes avanzaba entre los árboles, sintió una extraña vibración en el aire. Los rayos del sol se intensificaron, y los colores del entorno parecían cobrar vida con una saturación mágica. Lourdes se sorprendió al ver cómo los verdes se volvían más intensos, los azules más profundos y los rojos más vibrantes. Era como si hubiera entrado en un mundo completamente diferente, un sueño despierto.

Entonces, entre los destellos de colores deslumbrantes, Lourdes percibió una figura distante. Era un hombre mayor, con una barba que se mezclaba entre el blanco y el gris, y llevaba una peculiar combinación de ropa: una campera marrón sobre una remera de algodón azul. Su rostro, aparentemente serio, reflejaba la sabiduría y las experiencias de una vida vivida con intensidad.

Movida por una extraña conexión, Lourdes decidió acercarse. A medida que se acercaba, notó que el hombre realizaba un gesto peculiar con los labios, como si estuviera a punto de dar un beso al aire. Sin embargo, antes de poder pronunciar una palabra, el hombre pasó junto a ella sin mirarla.

Desconcertada, Lourdes decidió perseguirlo. Corrió más rápido, cambiando de carril en la vereda para acercarse a él. "¡Hola, soy yo! ¿No te acuerdas de mí?", pensó mientras su corazón latía con ansiedad. Pero, lamentablemente, sus esfuerzos fueron en vano, ya que el hombre parecía ajeno a su presencia.

Lourdes continuó su recorrido alrededor de la plaza, esperando volver a ver al misterioso hombre. Sin embargo, cuando llegó al punto de partida, él ya se había ido. Lourdes buscó a su alrededor, buscando señales de una versión envejecida de ella misma, pero no encontró ninguna pista que pudiera confirmar su teoría.

Sumida en una mezcla de asombro y decepción, Lourdes se preguntó si aquella experiencia fue producto de su imaginación o si realmente había viajado en el tiempo. ¿Quizás había sido una visión de su propio futuro o de una realidad alternativa?

Desde aquel día, Lourdes se convenció de que había vislumbrado a su ser querido envejecido. Y aunque no tenía pruebas tangibles, en su corazón sabía que el encuentro fue real en algún nivel más profundo, más allá de las fronteras de la realidad.

Desde entonces, Lourdes continuó su vida en el pueblo con un brillo de esperanza y un deseo de seguir explorando los misterios que la vida le ofrecía. Sabía que incluso en sueños y visiones, se podían encontrar verdades ocultas y conexiones etéreas. Después de todo, el mundo onírico era un lugar donde las posibilidades eran infinitas y los límites de la realidad se desvanecían.


*Cuando una anécdota pasa por la inteligencia artificial, y el Canva, con la misma herramienta, te la dibuja

miércoles, 7 de junio de 2023

Crímenes del Pasado, con la ventana abierta

 A veces, sin quererlo ni buscarlo, me encuentro recordando esas noches de primavera, rodando en mi cama para alcanzar la mesa de luz y poder ponerme de pie para ir a la heladera a buscar algo para comer, aunque lo termine vomitando, para volver a la cama y con una sonrisa en la cara, disfrutar del beneficio de teler Flow y poder ver desde el inicio la serie que ya había comenzado media hora atrás. Pequeños placeres, hasta recuerdo el perfume de la ropa que inundaba la habitación que ya estaba llena de esperanza y de espera ante la llegada de la reina suprema, gestándose en mi vientre.

Amaba ver Crimenes del Pasado por Investigation Discovery, tomando helado, manchando las sábanas, los dos acurrucados, dueños absolutos de la totalidad de nuestro tiempo.

Gracias, mentaleros de Inside Out, por traerme al presente ese bello recuerdo, de aquellos hermosos momentos en los que no era consciente de lo afortunados que eramos, sin imaginar que lo seríamos aún más tiempo después, con su llegada.

*Paula y Bobby son mentaleros en la película Intensamente.

*Como olvidadizos, el trabajo de estos mentaleros es ir a través de los millones de recuerdos almacenados en la Memoria a largo plazo para identificar los obsoletos y se deshacen de ellos arrojándolos al basurero mental. 

Su reconocimiento de los recuerdos es de ninguna manera sentimental o práctico, y es realmente lo único en que se basan en cómo un recuerdo descolorido es menos importante que uno mucho más fuerte. Esto les lleva a disponer de los recuerdos que uno los considere importantes (por ejemplo, los nombres de los presidentes de Estados Unidos, o los de las hadas en un programa de televisión), ya que se desvanecieron, y atesoran recuerdos molestos porque son fuertes. 

En particular, ellos adoran el comercial de TripleDent Gum, hasta el punto de que a veces lo envían al Cuartel por ninguna razón en absoluto.

lunes, 24 de abril de 2023

Tribu curandera

 Por Ceci Cáceres, Tribu Bienestar

22 de abril, Santiago del Estero, Arg.


Facilitar encuentros de tribus a veces tiene muchas matices... el de hoy fue muy especial.
Me siento muy movilizada... con la primera Tribu que acompañé, que ya lleva más de 2 años.. las vi con bebitos recién nacidos, las vi en mil facetas con su maternidad. Sin dudas, lo más difícil fue despedirnos de un bebito que pasó a otro plano, sostener a esa mamá que le toca vivir la peor pesadilla de su vida, tocar su pecho y sentir latir su corazón partido en mil pedazos y sentir como vuelve poco a poco a la calma mientras hace rituales para sanar su alma. Y en su sanación está la de ese círculo de mujeres poderosas, amorosas, humanas y sobre todo.. madrazas!
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Hoy al terminar nuestro encuentro hicimos un ritual, inventado por nosotras, sencillo, pero muy sentido, para acompañar a esta mamá en un proceso más de este duelo. Esta canción sonaba mientras... y formará parte de las canciones sentidas de bienestar (pueden encontrar la lista en spotify).
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Vivan, sientan, disfruten y llenen sus vidas de rituales (rondas, abrazos, besos, miradas, risas, palabras y escuchas llenas de amor). Sanen las heridas, despojense de lo que no necesiten.
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Les dejo una parte de la letra de la cancion "Marí
a curandera" de Natalia Lafurcade


Cúrate mijita el dolor con nuestra luz del sol y los rayos de la luna
Cúrate mijita el dolor con el sonido del río, la cascada y la espuma
Con el vaivén del mar que va y viene deja que te agarre
Con el vaivén del mar que va y viene deja que te ame
Cúrate mi niña con las hojas de la menta y la hierbabuena
Ponle amor al té
En lugar de azúcar toma y mira las estrellas
Cúrate mijita el dolor con nuestra luz del sol y los rayos de la luna
Cúrate mijita con los besos que te sopla el viento
Los abrazos de lluvia
Con el vaivén del mar que va y viene deja que te agarre
Con el vaivén del mar que va y viene deja que te ame
Cúrate mi niña con amor del más bonito y enciende el fuego
Entrega tus dolores
Que se vuelvan polvo y vengan nuevas flores
Que se vuelvan polvo, que se vuelvan polvo todos los dolores
Que los queme el fuego, que los queme el fuego y vengan nuevas flores

viernes, 20 de enero de 2023

Aldo

Ella
Dice que han pasado casi 40 años, “una vida”, que lo superó hace mucho tiempo.

Dice que tuvo otros amores, que “uno tiene que seguir”, que todo pasa.

Que se casó, se separó, se volvió a juntar, se volvió a separar.

Que rechazó no sabe cuántas citas
Se mudó tres veces

Pasó por el quirófano unas diez veces
Tocó el cielo con un dedo, y volvió.

Que ya no recuerda su rostro. Ni el tono de su voz

Y todo el válido, por supuesto. 
Cada uno duela a su manera.

Y no hablo de la muerte, sino del final de un vínculo.
Pero no así, el final del amor.

Sin embargo, su cara no dijo lo mismo que su boca
Ay, si la hubiesen visto, 

Cuando escuchó que había muerto
Que ya no compartían lo unico que los unía: este plano

Que ya se había ido y sólo queda el recuerdo de lo que fue

Y que nadie nunca va a poder borrar
Su gran amor, el único:
Aldo.

El amor amor de verdad no se termina, se transforma. 

jueves, 22 de septiembre de 2022

It's happenin again

Mediodía de febrero, 2013. Ella gritaba, él le respondía de la misma manera. Yo estaba en el medio, escuchando en un silencio tan cómodo como caminar descalzo por brasas.
Entre gritos, él se fue y yo me fui detrás. Nunca dejé de sentir esa incomodidad. Pero me fui.
Una niña corriendo detrás de la furia que hasta ese momento no había conocido, intentando calmar a otros, aún cuando por dentro todo era caos en mí. Buscando dar al otro lo que no tenía ni yo misma.
Fracasé, por supuesto. Pero el tiempo es sabio y me demostró que es cierto que todo vuelve en este círculo infinito, y sí tenemos la posibilidad de no repetir errores. Las segundas oportunidades existen.

Mediodía de un septiembre frío, nueve años después. Otra mujer gritaba, otro hombre respondía de la misma manera y yo estaba en el medio, escuchando en silencio otra vez. Pero está vez no estaba sola: tenía un espejo pequeño temblando de miedo, como yo en esa misma situación nueve años atrás.
Entre gritos, me fui con mi espejo y no dudé ni me detuve, a pesar de sentir una vez más esa incomodidad de caminar descalzo sobre brasas. No paré.
No paré porque en esta vuelta del círculo no elijo ser quien se vea en el espejo, sino al revés, busco ser yo el reflejo, y ya no hay tiempo ni espacio ni lugar para volver atrás, para tener miedo, para intentar calmar tormentas que no me pertenecen.

El tiempo sigue pasando y tengo toda una vida para aprender junto al espejo. Pero volver al pasado, jamás.

martes, 5 de julio de 2022

Sí pero no

Cuando creí que era algo nuevo, me di cuenta de que esto a mí ya me había pasado. No era la gran cosa, el gran problema, ni tampoco valía el insomnio el análisis en profundidad. Estar ante alguien que no siente lo mismo; solo siente. Y sabemos ya, después de tantos años de terapia, que el sentimiento no se explica, ni se mide; se demuestra. Y no había ninguna demostración que me bastara. 

“Simplemente no me quiere”, hubiese pensado antes. Hoy entiendo que no, simplemente no estamos en la misma sintonía. Coincidimos, sí, pero no.

Entonces, ¿qué hago con este huracán que me transforma cada vez que estamos cerca? Debería desprenderme de esa figura ideal que yo misma inventé para entretenerme. No sos vos, soy yo. Me estoy haciendo mal, otra vez.


“¿Podemos volver a vernos? Avísame”

*enviado a Psico.

martes, 3 de mayo de 2022

Pausa

Despertar a las corridas, desayunar a las corridas. Preparar todo y salir a trabajar a las corridas.
Llegar al trabajo y detenerte. Comenzar a proyectar. El equipo funciona con la parte creativa y la parte práctica, ambas puestas en acción. Una idea, de pronto, se convierte de un proyecto que después es borrador y así hasta convertirse en realidad.
Así cumplíamos juntos nuestros sueños. Cada uno de ellos, a través del mismo mecanismo.
Pero había veces en que una nube de tormenta tapaba todo el proceso y se frenaba de golpe. El tiempo se detenía. Pausa.
Una pausa, porque se piensa que después se retoma todo, con igual normalidad. Porque es solo un receso, "ya va a pasar"... Ya van a volver las lindas charlas largas, las nuevas ideas, el equipo se volverá a armar y continuará la sociedad no anónima en la que vienen trabajando juntos.
"Ya va a pasar", después de la conversación lacrimógena de una hora y media, sentados en el sillón. Tan inútil como las reuniones de trabajo en las que solo se marcan los errores, se mencionan posibles caminos a seguir para mejorar, pero se apagan las luces y todo vuelve a la aburrida y monótona rutina. Nada cambia, todo queda en la reunión, sin efecto.
Sin embargo, sucede que también a veces no pasa eso que se espera, y el receso se extiende más de lo esperado, con todo lo que eso implica. Con el paso del tiempo es cada vez más difícil que las cosas vuelvan a su lugar y encajen tan bien como antes. Nunca vuelven a encajar igual, van quedando marcas. Como si se rompiera un dientecito de un engranaje.
Así, las cosas van dejando de fluir en el equipo, y ya los proyectos que se siguen pensando -la pausa creati va es grupal, no individual- son de índole independiente. Ya no somos. Siempre soy.
Quizás la rutina le quitó el aceite a la rueda de la máquina, que ya no gira más, o no con las mismas ganas. Cada vez se le rompe un nuevo ruleman. Quizás esto siga así hasta que finalmente ya no quede nada que permita a la rueda girar.
Y estará bien. Todo siempre estará bien al final. Solo queda la molestia de no saber identificar, diferenciar -todo por no poderlo hablar-, de una vez por todas, la pausa del verdadero final.

viernes, 28 de enero de 2022

Memorias de la noche más fría

Se apagó.
El fuego de la vela que daba luz a la sala de esperanzas, en aquel lugar donde todo era cálido y posible, donde los sueños se hacían realidad.

Se apagó.
Todo quedó a oscuras, y el peso de la noche empezó a intensificar la gravedad. De pronto se hundía cada parte de mí, presión en mi pecho; en esa inmensidad de la nada misma de la noche oscura, sin una pizca de luz de aquel fuego.

Se apagó.
Y un frío recorrió mi espalda. El invierno cayó de golpe y no había abrigo que llegue a tapar. Me hacía frío, estaba todo oscuro y me estaba hundiendo.
Cada vez me hacía más y más pequeñita, que me perdía en la inmensidad de esa habitación oscura.
Hasta que me armé de valor y salí, como pude, de aquel pozo que me tragaba; a la nada me arrastraba; y me fui. 

Busqué el camino y me encontré con el sol levantando sus manos hacia mí. Volvió el calor con un abrazo, y entendí que ya nunca más iba a haber oscuridad a su lado.
Sin embargo, no hubo rastro de aquel fuego que se extinguió con la fuerza de un manotazo; que tiró la vela y todo lo que podía hacerlo encender nuevamente.

Aquel fuego se apagó. No existe más.
Es tiempo de caminar junto al sol que ilumina mis días, y nada más importa ya.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Berrinche

Todos llevamos un niño dentro, dicen, y no lo dudo. Mi niña está presente muchas veces en mi día a día. 
Algunos días me hace detenerme en los pequeños detalles que me recuerdan lo simples y maravillosas que son las cosas, sobre todo las que no podemos controlar, y me río más. Camino cantando y hago bailar a los demás.
Pero a veces, me nubla la vista y, como en las caricaturas, me sale humo por los oídos y quiero gritar y tirar todo a mi alrededor. Tirarme al piso y patalear gritando. Estirarme los pelos y llorar fuerte. Siendo adulta, podría permitirme putear en acción.
Porque las cosas no me salen como espero, a veces me salen mal.
Porque ser adulto es un bajón. Una y otra y otra y otra responsabilidad, y vinieron solitas, yo sola las fui a buscar y ya no puedes escapar de ellas.
Porque ser libre tiene un costo.
Porque a veces quiero lo que tiene el otro y no lo tengo. El viaje al exterior, la casa grande, el título universitario, el tiempo libre, por poner algunos ejemplos...
Porque me duele el pecho y no le se poner nombre a lo que me pasa. Incluso porque a veces tengo pesadillas y no me despierto en los brazos de mi mamá.
Quizás es eso lo que busca esa niña cuando tiene una rabieta: consuelo. Un abrazo que nos haga saber que no está mal sentirse mal. Que no siempre vamos a poder tenerlo todo, pero sí intentar, aunque no frustrarse.
Un abrazo para recordar que lo que importa es el aire que podemos respirar, y la gente que queremos para poder compartir. 
Después de un tiempo te das cuenta de que es solo un episodio de estrés, que estás cansada de tanto trabajar y la maternidark te está enseñando a soportar novedades impensadas. 
Pero, aún sabiendo eso, la niña sigue ahí. Siempre va a estar ahí deseando lo mismo, sintiéndose indefensa e insegura, esperando esas manos salvadoras que llora pensando que algún día ya no estarán.
Entonces, aprendo del berrinche. Qué lindo es hacer berrinche para llegar al amor puro de mi mamá.
.
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Y cómo cambian el sentido estas palabras si las pongo en boca de mi hija... 😲😅

domingo, 21 de noviembre de 2021

Todo por culpa de la falta de ESI

¡Qué alivio! Al fin termino de entender que lo que me gusta en realidad no es lo que son/eran, sino el ideal que armé en mi cabeza. El modelo hecho por mí, basado en mis gustos, en la idea que yo tengo de lo lindo, libre, serio, oscuro, de aquel que esconde misterios en sus ojos.

La mala costumbre de idealizarlo todo, romantizar con novelas de amor de antaño, cuál más pedorro, cliché, con finales del orto, siempre el desamor, con la tonta que llora de infelicidad, porque nunca le es suficiente.

¡Qué alivio, menos mal! A veces está bueno despertarse en esta horrible realidad.

No eran tan lindos. En realidad, es alta la cuota de berretismo, bizarro, muy horrible todo. Sacá, sacá. Dejame despierta, ya basta de soñar con espantos, todo porque te hacen llegar al orgasmo. 

Fuá!! Cuántos amores más hubiese tenido si tan sólo les hubieran enseñado a coger bien a todos.

jueves, 23 de septiembre de 2021

La voz

Eran otras épocas, años aquellos en los que podía darme el lujo de pasar una tarde sentada en una plaza, fumando un cigarrillo, con los auriculares puestos, escuchando música y pensando. Pensando en la voz de quien cantaba aquellas canciones. Qué lindo era tener la tarde libre.

También eran días que se me hacían cortos y las noches largas en las que dormir no era una opción. No necesariamente salía, pero sí, escribía, y en similares condiciones al párrafo anterior, pero bajo la cálida luz de la lámpara que decoraba mi habitación. Qué lindas esas noches en las que aprendí a amar mi soledad.

Bailar, cantar, escribir, dibujar, hacer pulseras o atrapasueños. Mi tiempo era mío y de nadie más. Yo podía decidir con quién usarlo, y aún teniendo con quien, prefería estar así, ahí. Sola, pensando en la voz de quien cantaba aquellas canciones.

Agarrar la guitarra y practicarlas, sin éxito, pero servía de excusa para escuchar, una vez más (por vez mil) aquella voz que no paraba de sonar en mi cabeza. 

No sé si decir que 'andaba enamorada', porque no era más que eso: su voz en mi cabeza; acompañada de lo linda que era su cara, o eso me parecía. Tenía el rostro bien distribuído, aunque sus ojos estaban demasiado juntos; pero no me iba a dar cuenta de ese detalle sino hasta mucho después. Pero eso no importaba. Qué lindo era no tener nada más importante en qué pensar.

“Siempre la paz es temporal, regresarán nuevas flores que huelan mal”, decía una de esas, así que mejor quedarme sólo con esta parte del recuerdo.


Quemaré los puentes tras de mí, para no volver atrás, romperé las redes del dolor
En discordia con mi corazón
Quemaré los puentes tras de mí, para no volver atrás, para no tener que regresar


'Ahhh', suspiro. Qué lindo era no tener nada más importante en qué pensar.

lunes, 5 de julio de 2021

Covid positivo

Una historia más en pandemia, y no es ficción.

Hasta hace unos días el Coronavirus era solo un tema más de la agenda para mí. Todos los días ver noticias sobre números, contagios, muertos, vacunas, polémica, y por supuesto el miedo a contagiarme y de perder a un ser querido. 
Esto último, aunque real, debo admitir que lo dejaba para un último lugar en mis preocupaciones. No hay que pensar en eso, "lo que buscas te está buscando", nada malo va a pasar, vos cuídate no más. Pero no fue suficiente.
Junio de 2021 sacudió mis esquemas. El Coronavirus tocó mi puerta, durmió en mi cama, convivió a mi lado por 14 días, y se llevó a mi primo en 20, sin si quiera rozarme.
Hay tanto que quiero decir. Tanto que quiero gritar, escupir las palabras, con enojo. Palabras que en realidad son preguntas que no tienen respuesta y no porque sean retóricas sino porque simplemente no hay. 
Y eso es lo peor, la incertidumbre de saber que hay cosas que no se saben, que no tienen explicación.
¿Cómo pudo contagiarse la persona con la que duermo, como, estoy y comparto hasta el aire que respiro, y yo no?
¿Cómo pudo un virus llegar a consumir cada celular de dos pulmones en 14 días, hasta matar?
¿Cómo puede una madre seguir viviendo sabiendo que su hijo, ese ser que se formó y nació de ella, ahora está muerto, ya no está?
¿Cómo puede dormir esa esposa, sintiendo el frío de la ausencia del amor de su vida en la cama?
¿Cómo le explicamos a un adolescente que no es culpable de la muerte de su padre? Que nadie tiene la culpa de enfermarse, aunque él se haya contagiado primero.
¿Cómo entender que ninguna vacuna, ni distancia ni barbijo garantiza que se evite una muerte?
¿Cómo aceptar que la muerte es parte de la vida y tarde o temprano va a pasarnos a todos, a la gente que amo y a mí?
¿Cómo dejar de preguntarme 'por qué' ante todo?
Me duele algo en el pecho, hay un vacío. No termino de entender, de caer.
Todo lo que pasó en junio de 2021 fue surrealista. Ninguna película de terror me va a volver a asustar. Ya me rompió la realidad.
¿La pandemia va a terminar? Posiblemente, algún día. Pero la muerte; oh, la señora muerte siempre va a estar esperándonos al final del camino, a todos por igual.


No puedo creerlo, Lucas. Simplemente no puedo. Lo siento, siento al dolor en mi corazón. Te extraño y te voy a recordar con mucho amor, siempre. Hasta pronto, primo querido. 

lunes, 17 de mayo de 2021

Gestar y parir en pandemia

En marzo de 2020 las cosas comenzaron a cambiar para siempre en nuestro país. El gobierno nacional anunciaba la cuarentena obligatoria y con eso, una seguidilla de medidas que ya todos conocemos, con la idea de evitar la propagación de un virus del que aún no se sabía mucho. Lo mismo me pasaba a mí: en marzo de 2020 me enteré de que estaba esperando a mi primera hija, y no tenía idea de todo lo que iba a pasar después.

Fue un embarazo planificado y muy esperado, por ende, y como toda primeriza, tenía cientos de ideas en la cabeza, propias del embarazo: al principio, el miedo al aborto espontáneo hasta la semana 12 (aún sabiendo que la posibilidad siempre está, sólo disminuye); después, la forma en que iba a cambiar nuestras vidas con la llegada de un bebé, y tratar de prepararse para ese cambio; pero a todo eso se le sumó algo que no estaba previsto: una pandemia.

Gestar en casa

Pasé todo mi embarazo en mi casa, sola con mis perros, mis gatas y Matías, quien salía a trabajar todos los días; yo podía hacerlo desde casa, pero él, al salir, estaba expuesto al maldito virus. Ese maldito virus por el que no pude disfrutar de mi embarazo acompañada de mi madre y mis afectos. Mi tribu, mi hermana y mis primas. Todo contacto fue virtual, y no me insistan en que es lo mismo porque no. Por videollamada no se puede sentir una mano de apoyo en la espalda cuando estás vomitando todo el día, o puedo seguir con los ejemplos un buen rato. En fin. Estuve sola, pero cuidada, y eso es algo que valoro, ya que el miedo no dejaba de acechar mi cabeza.

Era una constante que se alimentaba con los noticieros que veía, por mi trabajo. Las estadísticas, la curva, el pico, la cantidad de camas disponibles, los contagios en geriátricos, las vacunas a prueba, muertos, muertos, muertos. Qué difícil es pensar en traer vida cuando todos se están muriendo.

Con las hormonas a flor de piel y sola en mi casa, no hacía más que pensar y hasta sentir culpa por traer una persona a un mundo tan roto. La quisimos y buscamos tanto y una pandemia me hizo sentir culpable de haber hecho algo que planificamos con tanto amor. Nadie debería gestar desde el miedo, la angustia y el dolor.

Como gran parte de la población, volví a terapia. Me hizo bien tener alguien con quien hablar de cosas que no se puede con amigos o familia. La presencia de Belén siempre será una bendición en mi vida. Perdí el miedo a perder a mi bebé; y dejé de pensar tanto en la muerte. Cambié eso y al fin me animé a proyectar e imaginarme la carita de mi bebé y todo lo que quería enseñarle. Le pusimos un nombre y al fin empecé a disfrutar esa etapa, la más linda que viví hasta ahora.

Empezamos un curso de preparación para la llegada del bebé con una mujer que le agradezco al universo haber puesto en mi camino, Cecilia, y comenzamos a desaprender muchas cosas sobre mi cuerpo y mi estado que yo pensaba que conocía muy bien, pero no era tan así.

Me informé sobre parto respetado, derechos de mamá y bebé, oxitocina sintética, episiotomía, cesáreas innecesarias, parto sin dolor, hora sagrada, entre otros temas que desconocía y me parecía fundamental que tanto yo como Mati lo sepamos, para tener el parto ideal como lo habíamos imaginado.

Sin embargo, nada de lo anterior sirvió para acompañar a una pareja de padres primerizos a enfrentar el reloj y las instituciones; y lo que yo temía que pasara finalmente pasó: sufrí violencia obstétrica.

Elegí cuidadosamente a la doctora que me iba a acompañar en el trayecto. Pasé por cinco consultorios antes de decidir y no me arrepiento, pero sí lamenté otras cosas más adelante.

Hay una falsa creencia de que cuando hablamos de “violencia” sí o sí deben haber golpes o insultos; pero esto no es así. La falta de información es violencia. El silencio, es violencia. Que te apuren la hora de parir, es violencia. No llamar a las cosas por su nombre, también es violencia.

La intervención

Con 39 semanas de un embarazo sano y sin complicaciones, en un control de rutina me practicaron la maniobra de Hamilton, la cual se realiza CON CONSENTIMIENTO PREVIO y a través de ella se despegan las membranas para desencadenar el parto. Esta maniobra se realiza cuando pasaron las 41 semanas de embarazo y no hay novedades aún del parto; no antes. Y siempre se debe tener el permiso de la mujer. Jamás me consultaron.

“Ahora vas a empezar a sentir contracciones más seguidas y la bebé puede nacer hoy (jueves), mañana o más tardar el domingo”, me dijeron y me fui a casa temblando. Ansiosa, preparé bolsos, avisé a mi familia, y comencé a prepararme mentalmente para todo eso que había estudiado. Nada sirvió.

Las contracciones efectivamente comenzaron, perdí el tapón mucoso, y mi ansiedad me hacía pensar que ya nacía, esa misma noche, y mi madre, acompañándome en casa, me calmaba diciendo “No estás de parto, hija. Cuando sea el momento te vas a dar cuenta...”. Cuanta razón, madre.

Al día siguiente me llamaron a control nuevamente, era viernes, último día hábil de consultorios. Me dijeron que vaya preparada. ¿Acaso sabían que iba a nacer ese día? ¿Cómo estar seguros? Sabía que no debía acceder a la oxitocina sintética, pero después del tacto y de un “vamos bien, pero podemos ayudarte con un suerito para que la gorda nazca hoy, sino puedes seguir así hasta el domingo”; la ansiedad, el miedo y los nervios me hicieron decir que sí. Ese fue mi error, porque ahí comenzó mi tortura.

Una obstetra que llegó después de mí (cuando deben recibirte, teóricamente), que hacía chistes machistas sin sentido y nos dejaba solos; una mañana calurosa en la que tuve esperar una cama media hora en la vereda, después de discutir con las secretarias de administración (teniendo una buena obra social, justamente pensando en que esto no pase); y la incertidumbre de todo lo demás fueron el conjunto de situaciones que me anticipaban que nada iba a ser como planeábamos.

La internación

Estábamos él y yo, solos en la habitación, me reí la primera media hora, y después solo recuerdo entrecortado y, como en las películas, cuando vienen escenas tristes y la pantalla se pone negra; así van sucediendo las imágenes en mi cabeza de todo lo que continuó.

Las contracciones duelen, pero somos mamíferos, y el trabajo de parto POR ALGO DURA HASTA 20 HORAS. El dolor es gradual. Cada cuerpo tiene un umbral de dolor diferente, pero la oxitocina hizo que de sentir leves dolores, sienta que me partían la espalda con un hacha.

           La oxitocina sintética haciendo efecto

Se me borró la sonrisa de la cara y ya no quería ver a nadie más. En mi cabeza empezaba a culparme “por no aguantar” y Dios sabe cuánto anhelaba poder estar con mi mamá y mi hermana, mi tribu, dándome el aguante que necesitaba. ¡Qué iban a estar! Si con suerte dejaron pasar al padre de mi beba, por el maldito protocolo covid.

De a ratos aparecía la obstetra con la enfermera para inyectarme algo más. “Esto te va a hacer picar la cola”, fue lo único que recuerdo de las 3 o 4 veces que fueron a ponerme cosas. Ojalá hubiésemos preguntado qué era. Ojalá nos hubiésemos negado. Nadie nos informó nada.

Hasta el momento el dolor era tolerable, pero mi paciencia desapareció cuando, en el tacto de control, la doctora me dijo que la dilatación estaba casi completa, pero el cuello del útero no se había borrado nada (consecuencia de la oxitocina sintética), y otro chiste estúpido de la obstetra fue suficiente: “La cabeza de la bebé está en Loreto todavía!”. ¡¿Qué?!

“Yo creo que en dos horas más ya podemos empezar a pujar”, ¿DOS HORAS MÁS? Ya habían pasado casi cinco. No aguantaba más el dolor. Me refugiaba en el baño, encerrada, en la oscuridad. Me sentía cómoda surfeando las contracciones sola. Recordaba las palabras de Cecilia: “Piensen las contracciones como olas, vienen, llega lo mas alto, y se va, surfeen”. También la comparación con las perras cuando van a tener sus perritos, que elijen el lugar mas lejano y tranquilo de la casa y se van solas. Así me sentía. Pero ya no aguantaba más.

La sala de parto, un día de monitoreo

Entre contracción y contracción me dormía, no tenía fuerzas ni para pararme. Sentía ganas de ir al baño, motivo por el que decidí encerrarme ahí. La escuchaba a la doctora desde afuera dándome la opción del parto sin dolor. La respuesta fue un rotundo NO.

Yo sabía que todo eso que estaba pasándome era solo la mitad del proceso, y ya no tenía fuerzas para la otra mitad. Mi mamá y mi hermana no me hubiesen dejado renunciar. Le pedí a Matías que no me deje renunciar. Lloré por haber terminado renunciando y pedir a gritos una cesárea.

Hoy, seis meses después, logro ver que en todo esto sólo podía pensar en mí. No fui capaz de sentirme medio. No pensé en mi bebé, que por suerte estaba bien. Ella siempre estuvo bien en mi panza, y todavía no quería salir. La apuraron. La apuramos. Siempre voy a encontrar algo del parto para culparme por mis malas decisiones.

Me hicieron una cesárea no programada ni de emergencia. Fue innecesaria, de esas que criticaba, de esas que hay que evitar porque se hacen de rutina y limita el cuerpo de la mujer a muchas cosas, como parir vaginalmente en el futuro, por ejemplo.

Hasta el último momento antes de entrar al quirófano, nadie se preocupó por mí. La obstetra se aseguró de tener todos mis datos de la obra social; las enfermeras, de que me saque hasta la pintura de uñas y me suba a la camilla en plena contracción. Nadie me pudo esperar. De repente me sentí un bulto que desvestían, vestían y trasladaban de lado a lado en una camilla.

Lloré al entrar al quirófano y al responderle a las enfermeras que estaba ahí “por cagona”. Ahí dentro me trataron muy bien, como me hubiese gustado que me trataran desde que llegué al sanatorio privado que yo elegí para tener el parto que deseaba y no pasó.

Ya ni pensaba en todo lo demás, sabía que no lo iban a dejar pasar a Matías, y a esa altura no me iban a dejar tener a mi bebé cerca una vez que salga de mi panza. Vi cómo la recibían, los pediatras se olvidan de que tienen bebés y que sus madres los ven. La trataron como a un cabrito, de un lado al otro, de rutina.

Se la llevaron. La vi desde lejos, ¡se la llevaron! Se la entregaron al padre, en calidad de bulto, sin indicaciones y con un insuficiente “felicitaciones, papá”. Una vez más, nadie nos dijo nada. Dos padres primerizos cometiendo errores por falta de información, solos. ¿Hasta qué punto todo esto fue nuestra culpa?

Primeros momentos de Mati con la beba

Estaba decepcionada de mí misma. Fui a la habitación y no era consciente de que la bebé ya estaba ahí, fuera de mí. ¿En qué momento? Si esa mañana todavía la sentía pateando adentro. Parir fue un trámite, no lo sentí. No sentí que estaba dando vida. Sólo sentí el dolor de las contracciones y de no poder estar con mi mamá.

La bebé terminó una semana en neonatología, también por errores que cometimos como padres por desinformación, y por errores graves cometidos ahí dentro, de los que ya no tengo ganas de hablar. Ya no se si quiero volver a hablar de esto, porque siempre me pongo mal. ¿Será que algún día dejará de doler el recuerdo? Hay heridas que tardan años en sanar y esta está viva, abierta, y a veces, como hoy, algo me moviliza nuevamente y vuelve a sangrar.

Estar embarazada fue hermoso para mí, y tener conmigo a mi bebé hoy es lo mejor que me pasó. Pero ese paso fundamental entre una cosa y la otra no fue lo que esperaba y no fue nuestra culpa.

Ojalá hubiese tenido un equipo médico humanizado, que me acompañe y me informe, recuerde que ante todo era una persona que estaba teniendo un bebé por primera vez, y no me hayan tratado como una más. Un pediatra que me haya mostrado la carita de mi bebé cuando salió de mi panza, y me haya dicho que no debían pasar más de 2 horas sin mamar; y no uno que haya aparecido a las 5 horas y nos mande a comprar leche de fórmula después de retarnos por no hacer algo que no sabíamos. Una ginecóloga que me haya preguntado si quería acelerar el nacimiento y no haya intervenido innecesariamente. Ojalá hubiese podido estar con nuestra familia antes, durante y después. Maldito covid.

Definitivamente fue la experiencia de mi vida, que me dejó miles de enseñanzas y de la que aún aprendo. Ojalá nadie más tenga que pasar por estas cosas.

Ojalá nuestro próximo hijo, si es que tenemos, venga a este mundo de manera diferente y nos enseñe que no tiene por qué ser así. El parto respetado es un derecho de toda mujer, de toda familia, incluso del bebé. 

Ojalá algún día esta herida deje de sangrar, y ojalá este relato le sirva a quien esté leyendo, para no permitir que los hagan pasar por esto.


martes, 2 de febrero de 2021

Fragmentada

Fragmentada

Porque ya no sos más la misma de antes.
Porque te partieron al medio, y aunque la herida haya cicatrizado, la marca va a recordarte siempre que ya no estás entera.
Te falta una parte
Una parte que nunca más va a ser parte de vos
Y tienes que aprender a vivir sabiendo eso.
Dividida en varios pedazos
En algunos predomina la risa, en otros el llanto, en otros enojo, pero en todos quedó la duda y la incertidumbre
Ya no sos la misma pero la inseguridad y el miedo van a estar igual
Solo hay que aprender a esconderlos un poco mejor.

Fragmentada
Porque el todo se rompió
Física, psíquica y emocionalmente.
Ya no te perteneces. Ya no sos solo vos.
Ahora hay que aprender a ser dos,
La división que no tiene que restar.
Fragmentada, separada de mí misma

Y en el fondo, esa nostalgia eterna de lo que fue y ya no será más,
Donde los recuerdos más lindos se convirtieron en un presente impensado.
"Eso, ya no más", y una resignación de saber que la esencia va a ser siempre la misma
Aunque ya no seas una
Aunque ahora seas la suma de fragmentos
.

Lourdes

lunes, 21 de octubre de 2019

La conquista


The player can change, but the game is always the same
Allways wanna go but you never wanna stay

Era la satisfacción, ver la transformación de la piedra en esponja, jugar con la capacidad de absorción del otro y poder estrujarlo, escurrirlo después.
Era su virtud luchar por sus sueños hasta hacerlos realidad; sin importar si la voluntad ajena era parte del final. “El fin justifica los medios”, aunque aquello implique acariciar la locura.
Perseverar, insistir, seguir adelante hasta lograrlo. Porque era eso, cada conquista, un logro. Un numero más en la lista de dos columnas en una página amarillenta por los años.
Un cuerpo con hambre de sumar cuantitativamente víctimas que serán victimarios cuando ya no gusten más.
El juego de seducción, un clásico hobbie que no pierde vigencia, olvidarse del amor. El salvajismo de citar a Freud para justificar el deseo carnal de estar con uno y con otra hasta saciar la sed de más. Un hábito que descansa pero no cansa. Hay tantas personas en el mundo que probar.
Y en cada rito, marcar territorio para ser recordada, dejar una huella, y la puerta entreabierta para que siempre se pueda volver a entrar. Sólo ella, nadie más.
Siempre un juego, nunca en serio. Gritar en silencio, la ropa en el suelo, tirarse del pelo, los dedos bailando desde la nuca hasta el fin de la espalda. Reír juntos, llorar sola después.
Creó una comunidad de cuerpos que transpiran y gimen al ritmo del capricho de una loca que no sabe querer. O no quiere. No sabe quererse.
Su bienestar depende de las presas que pueda conquistar. Que la busquen, su mayor anhelo. Que la quieran, su peor miedo. Que la olviden, su pesadilla. Y todo se vuelve confuso si en ese camino del olvido, se enamoran de alguien más.
Danzando entre la histeria y la locura de no quererse ni saber qué hacer; y el terror de quedarse sola con sus pensamientos gritándole en voz alta.
Que no la siga nadie, ella quiere estar sola. Y si llora hoy, porque algo en su rutina no salió como lo planeado, no importa. Mañana es otro día para volver a intentar. Siempre hay alguien más a quien salir a conquistar.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Al purgatorio

Me pregunto qué le habrá pasado por la cabeza cuando recibió el sobre. ¿Se lo habrá imaginado? ¿Habrá tenido alguna sospecha? ¿Habrá llorado pensando en el final? Quizás nunca lo sepa, quizás simplemente no pensó en nada. En nada, y siguió. Se puso las alpargatas y se fue a trabajar.
Y pensar que hay gente que se enoja y putea por no poder comprar un sillón; u otros peor, que no llegan a fin de mes por haberse endeudado para comprar un celular. Pensar que hay gente que vive triste y enojado viendo lo que le falta, en lugar de todo lo que tiene.
Y a este, que le falta todo, quizás lo único que le importe ahora sea tener un poquito más de algo tan simple e importante como la vida. Le falta tiempo, le falta vida, ¿será que quiere un poco más? ¿O será que ya no quiere ni lo que le queda?
¿Se preguntará cuánto le falta? ¿Se arrepentirá de algo que hizo, o de algo que no? ¿Será consciente de que se está muriendo? De que un hongo le está comiendo los recuerdos y todo lo que lo hace quien es.
¿Cómo sabe uno si está viviendo o si en realidad estás muriendo y delirando en una cama de hospital?
¿Se acordará de mí? Y de todos los chistes que solíamos hacer sobre la gente que nos caía mal. ¿Se acordará del abrazo que me dio esa noche que me vio llorando de impotencia por no poder mandar a la mierda a mi jefa? ¿Sabrá que me duele saber que está así? ¿Se sentirá solo? ¿Sentirá dolor?
Negar que las cosas cambian es un absurdo, tanto como pretender que la muerte no duele; pero no pensé perder a dos personas que quería en menos de lo que tarda la Tierra en girar alrededor del sol. Y perderlas en serio, porque las otras formas de perder son puras ficciones. Ficciones que a veces ni duelen, y este tipo de pérdida sí que duele, y no se olvida. A veces no se supera jamás.
Y sé que voy a seguir mi vida, como todos. Vamos a levantarnos al otro día, ir a trabajar, atender hijos, ir a eventos, ver películas, volver a sonreír y volver a estar tristes por otra cosa. Quizás hasta me olvide de todo por un momento, pero cada vez que algo los traiga a mi memoria, voy a extrañar, y me va a doler.
Va a doler porque no acepto ni voy a aceptar nunca perder a la gente que quiero. Gente buena, que no hizo nada malo, gente que me llegó de alguna manera. No quiero aceptar ni voy a aceptar nunca que esa gente se vaya antes que yo. Es un dolor tan inexplicable como feo, la soledad, el vacío que deja cada uno -y que van a dejar- que no me siento preparada para afrontar.
La muerte es tan común y tan compleja para mí. No le tengo miedo a morir. Tengo miedo de que la gente que amo se siga muriendo.