jueves, 23 de septiembre de 2021

La voz

Eran otras épocas, años aquellos en los que podía darme el lujo de pasar una tarde sentada en una plaza, fumando un cigarrillo, con los auriculares puestos, escuchando música y pensando. Pensando en la voz de quien cantaba aquellas canciones. Qué lindo era tener la tarde libre.

También eran días que se me hacían cortos y las noches largas en las que dormir no era una opción. No necesariamente salía, pero sí, escribía, y en similares condiciones al párrafo anterior, pero bajo la cálida luz de la lámpara que decoraba mi habitación. Qué lindas esas noches en las que aprendí a amar mi soledad.

Bailar, cantar, escribir, dibujar, hacer pulseras o atrapasueños. Mi tiempo era mío y de nadie más. Yo podía decidir con quién usarlo, y aún teniendo con quien, prefería estar así, ahí. Sola, pensando en la voz de quien cantaba aquellas canciones.

Agarrar la guitarra y practicarlas, sin éxito, pero servía de excusa para escuchar, una vez más (por vez mil) aquella voz que no paraba de sonar en mi cabeza. 

No sé si decir que 'andaba enamorada', porque no era más que eso: su voz en mi cabeza; acompañada de lo linda que era su cara, o eso me parecía. Tenía el rostro bien distribuído, aunque sus ojos estaban demasiado juntos; pero no me iba a dar cuenta de ese detalle sino hasta mucho después. Pero eso no importaba. Qué lindo era no tener nada más importante en qué pensar.

Siempre la paz es temporal, regresarán nuevas flores que huelan mal”, decía una de esas, así que mejor quedarme sólo con esta parte del recuerdo.


Quemaré los puentes tras de mí, para no volver atrás, romperé las redes del dolor
En discordia con mi corazón
Quemaré los puentes tras de mí, para no volver atrás, para no tener que regresar


'Ahhh', suspiro. Qué lindo era no tener nada más importante en qué pensar.