martes, 3 de mayo de 2022

Pausa

Despertar a las corridas, desayunar a las corridas. Preparar todo y salir a trabajar a las corridas.
Llegar al trabajo y detenerte. Comenzar a proyectar. El equipo funciona con la parte creativa y la parte práctica, ambas puestas en acción. Una idea, de pronto, se convierte de un proyecto que después es borrador y así hasta convertirse en realidad.
Así cumplíamos juntos nuestros sueños. Cada uno de ellos, a través del mismo mecanismo.
Pero había veces en que una nube de tormenta tapaba todo el proceso y se frenaba de golpe. El tiempo se detenía. Pausa.
Una pausa, porque se piensa que después se retoma todo, con igual normalidad. Porque es solo un receso, "ya va a pasar"... Ya van a volver las lindas charlas largas, las nuevas ideas, el equipo se volverá a armar y continuará la sociedad no anónima en la que vienen trabajando juntos.
"Ya va a pasar", después de la conversación lacrimógena de una hora y media, sentados en el sillón. Tan inútil como las reuniones de trabajo en las que solo se marcan los errores, se mencionan posibles caminos a seguir para mejorar, pero se apagan las luces y todo vuelve a la aburrida y monótona rutina. Nada cambia, todo queda en la reunión, sin efecto.
Sin embargo, sucede que también a veces no pasa eso que se espera, y el receso se extiende más de lo esperado, con todo lo que eso implica. Con el paso del tiempo es cada vez más difícil que las cosas vuelvan a su lugar y encajen tan bien como antes. Nunca vuelven a encajar igual, van quedando marcas. Como si se rompiera un dientecito de un engranaje.
Así, las cosas van dejando de fluir en el equipo, y ya los proyectos que se siguen pensando -la pausa creati va es grupal, no individual- son de índole independiente. Ya no somos. Siempre soy.
Quizás la rutina le quitó el aceite a la rueda de la máquina, que ya no gira más, o no con las mismas ganas. Cada vez se le rompe un nuevo ruleman. Quizás esto siga así hasta que finalmente ya no quede nada que permita a la rueda girar.
Y estará bien. Todo siempre estará bien al final. Solo queda la molestia de no saber identificar, diferenciar -todo por no poderlo hablar-, de una vez por todas, la pausa del verdadero final.

viernes, 28 de enero de 2022

Memorias de la noche más fría

Se apagó.
El fuego de la vela que daba luz a la sala de esperanzas, en aquel lugar donde todo era cálido y posible, donde los sueños se hacían realidad.

Se apagó.
Todo quedó a oscuras, y el peso de la noche empezó a intensificar la gravedad. De pronto se hundía cada parte de mí, presión en mi pecho; en esa inmensidad de la nada misma de la noche oscura, sin una pizca de luz de aquel fuego.

Se apagó.
Y un frío recorrió mi espalda. El invierno cayó de golpe y no había abrigo que llegue a tapar. Me hacía frío, estaba todo oscuro y me estaba hundiendo.
Cada vez me hacía más y más pequeñita, que me perdía en la inmensidad de esa habitación oscura.
Hasta que me armé de valor y salí, como pude, de aquel pozo que me tragaba; a la nada me arrastraba; y me fui. 

Busqué el camino y me encontré con el sol levantando sus manos hacia mí. Volvió el calor con un abrazo, y entendí que ya nunca más iba a haber oscuridad a su lado.
Sin embargo, no hubo rastro de aquel fuego que se extinguió con la fuerza de un manotazo; que tiró la vela y todo lo que podía hacerlo encender nuevamente.

Aquel fuego se apagó. No existe más.
Es tiempo de caminar junto al sol que ilumina mis días, y nada más importa ya.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Berrinche

Todos llevamos un niño dentro, dicen, y no lo dudo. Mi niña está presente muchas veces en mi día a día. 
Algunos días me hace detenerme en los pequeños detalles que me recuerdan lo simples y maravillosas que son las cosas, sobre todo las que no podemos controlar, y me río más. Camino cantando y hago bailar a los demás.
Pero a veces, me nubla la vista y, como en las caricaturas, me sale humo por los oídos y quiero gritar y tirar todo a mi alrededor. Tirarme al piso y patalear gritando. Estirarme los pelos y llorar fuerte. Siendo adulta, podría permitirme putear en acción.
Porque las cosas no me salen como espero, a veces me salen mal.
Porque ser adulto es un bajón. Una y otra y otra y otra responsabilidad, y vinieron solitas, yo sola las fui a buscar y ya no puedes escapar de ellas.
Porque ser libre tiene un costo.
Porque a veces quiero lo que tiene el otro y no lo tengo. El viaje al exterior, la casa grande, el título universitario, el tiempo libre, por poner algunos ejemplos...
Porque me duele el pecho y no le se poner nombre a lo que me pasa. Incluso porque a veces tengo pesadillas y no me despierto en los brazos de mi mamá.
Quizás es eso lo que busca esa niña cuando tiene una rabieta: consuelo. Un abrazo que nos haga saber que no está mal sentirse mal. Que no siempre vamos a poder tenerlo todo, pero sí intentar, aunque no frustrarse.
Un abrazo para recordar que lo que importa es el aire que podemos respirar, y la gente que queremos para poder compartir. 
Después de un tiempo te das cuenta de que es solo un episodio de estrés, que estás cansada de tanto trabajar y la maternidark te está enseñando a soportar novedades impensadas. 
Pero, aún sabiendo eso, la niña sigue ahí. Siempre va a estar ahí deseando lo mismo, sintiéndose indefensa e insegura, esperando esas manos salvadoras que llora pensando que algún día ya no estarán.
Entonces, aprendo del berrinche. Qué lindo es hacer berrinche para llegar al amor puro de mi mamá.
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Y cómo cambian el sentido estas palabras si las pongo en boca de mi hija... 😲😅